Durante los años de gobierno de Barack Obama murieron decenas de personas bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas Diferentes informes situaron la cifra entre 56 y 69 fallecidos entre 2009 y 2016. Personas bajo responsabilidad directa del Estado.
¿Hubo portadas constantes? No ¿Hubo especiales televisivos? No ¿Hubo manifestaciones semanales? No. Hubo silencio. Un muro de silencio. Un silencio político y mediático que decidió que aquello no debía erosionar el relato dominante.
Hoy, con Donald Trump en la Casa Blanca y una política de control migratorio firme, el escenario cambia radicalmente. En lo que va de mandato del presidente Trump se han producido dos muertes en el estado de Minnesota bajo custodia migratoria. Dos casos trágicos que deben investigarse con rigor, como cualquier fallecimiento bajo tutela estatal. Pero aquí empieza la diferencia.
Frente a las decenas de muertos que no merecieron indignación sostenida durante la etapa demócrata, ahora se levanta una ofensiva mediática inmediata. Titulares en cascada. Acusaciones globales. Y la muletilla de siempre: “fascista”.
Cuando el argumento escasea, aparece la etiqueta. Cuando la realidad incomoda, se intenta ganar el relato descalificando al adversario.
No estamos ante una discusión serena sobre políticas migratorias. Estamos ante una batalla narrativa. Porque lo que realmente inquieta a ciertos sectores no son las cifras —que en la era Obama eran muy superiores—, sino que una política de deportaciones efectivas pueda demostrar resultados. Que el control fronterizo funcione. Que aplicar la ley no sea sinónimo de autoritarismo, sino de soberanía.
Y si funciona, el efecto contagio es evidente. Europa, los europeos observamos. Y en muchas capitales europeas el debate migratorio está abierto. Si se demuestra que el orden y la legalidad dan resultados, el discurso de las fronteras difusas pierde fuerza.
Por eso el foco no está en la proporcionalidad. Está en el impacto emocional. Dos muertes convertidas en símbolo de sistema. Décadas de cifras anteriores convertidas en nota al pie.
Esto no significa que no haya que exigir transparencia. Al contrario: cada fallecimiento bajo custodia del Estado debe esclarecerse sin excepciones. Pero la coherencia es indivisible. No puede depender del color político del gobierno.
Cuando la indignación es selectiva, deja de ser ética y se convierte en táctica.
Y esa táctica es conocida: amplificar cuando conviene (acuérdense la que montaron los zurdos en España por la muerte de un perro) silenciar cuando perjudica y, si toda falla, lanzar el calificativo deslegitimador. “Fascista”. Una palabra usada no para describir, sino para clausurar el debate. España requiere una política firme, dura y coherente de deportaciones masivas de ciudadanos que han entrado ilegalmente en nuestro país.





