Mil millones de euros. Repito: mil millones.
Esa es la cifra que se pone sobre la mesa en Palma. Mil millones para ajardinar, soterrar y embellecer la Vía de Cintura. O mil millones para afrontar la emergencia habitacional que asfixia a miles de familias. Y la pregunta no es técnica. Es moral.
Durante ocho años, la izquierda gobernó la capital balear. Ocho años. Tiempo más que suficiente para decidir si la prioridad era el urbanismo estético o el drama social. ¿Qué hicieron? Nada estructural. Nada valiente. Nada que cambiara el rumbo de una ciudad donde el precio del alquiler se disparaba, donde nuestros jóvenes tenían que irse y donde la vivienda se convertía en un lujo.
Ahora, desde la oposición, reaparece la vieja receta: soterrar la Vía de Cintura, cubrirla de verde, vender el proyecto como símbolo de modernidad y progreso. Mucho render, mucha infografía, mucha palabra bonita. Y cero en realismo.
Porque la verdad es esta: no hay un euro en la caja. No lo hay.
Y mientras tanto, la pobreza habitacional se consolida. Familias compartiendo pisos. Trabajadores que no pueden independizarse. Mayores que destinan la mitad de su pensión al alquiler. Esa es la Palma real. No la del PowerPoint.
La izquierda vuelve a ofrecer un proyecto faraónico, carísimo, que comprometería durante décadas las finanzas municipales. Y lo hace ignorando el contexto económico y social. Es la política del escaparate frente a la política de la urgencia.
Pero aquí viene la pregunta clave. ¿Qué hará la derecha?
Porque gobernar no es simplemente decir “no” o decir que “lo estudiaremos”, a lo que propone ahora la izquierda. Gobernar es priorizar. Y ahora mismo, la prioridad no puede ser ajardinar una vía rápida mientras miles de ciudadanos no pueden acceder a una vivienda digna.
No estamos ante un debate paisajístico. Estamos ante un debate de prioridades en una ciudad sin liquidez. Si no hay dinero, cada euro cuenta. Y si cada euro cuenta, no se puede destinar a proyectos cosméticos mientras la emergencia social avanza.
Palma necesita suelo movilizado, simplificación administrativa, colaboración público-privada real y un plan serio de miles de viviendas asequibles. Necesita liberar trabas, incentivar construcción y poner el foco en quienes trabajan aquí y no pueden vivir aquí.
Porque soterrar una carretera no soluciona la expulsión silenciosa de nuestra clase media. Embellecer no es gobernar.
La izquierda tuvo ocho años y no resolvió el problema. Ahora propone una obra monumental como si el dinero fuera infinito. Pero no lo es. La derecha tiene ahora la responsabilidad de no caer en la tentación del titular grandilocuente. De no competir en gigantismo. De no buscar aplausos fáciles.
Tiene la oportunidad de hacer algo más difícil: elegir lo esencial sobre lo vistoso.
Mil millones pueden convertirse en césped… O pueden convertirse en hogares.
Y cuando no hay dinero en caja y la pobreza habitacional se extiende, la elección define no solo una legislatura, sino el modelo de ciudad. Palma no necesita más maquillaje urbano. Necesita techo. Necesita prioridad. Necesita sentido común.
La pregunta está en el aire. ¿Flores… o viviendas?






