Señor Rufián:
Su reciente disposición a liderar un supuesto bloque estatal de izquierdas no despierta ilusión, sino asombro. Resulta difícil tomarse en serio que quien ha hecho del independentismo catalán su bandera pretenda ahora presentarse como referente político para toda España. No hablamos de una discrepancia puntual, sino del eje sobre el que ha construido su personaje público. Por eso la operación suena más a maniobra de supervivencia, que a otra cosa.
Cuando llegó al Congreso aseguró que su paso por Madrid sería breve, casi testimonial. La realidad es que roza ya la década en el escaño. Aquella promesa exprés quedó en lo que tantos discursos políticos: un recurso retórico sin vocación de cumplirse. La coherencia, convendrá, no es su fuerte.
Es justo reconocerle talento para el foco. Sabe generar titulares, manejar el gesto, calcular la pausa y lanzar la frase destinada a circular por redes. En eso es eficaz. Pero la política no consiste en encadenar intervenciones ingeniosas ni en competir por el aplauso fácil. Requiere solvencia, credibilidad y un mínimo de estabilidad en las convicciones.
La pregunta es inevitable: ¿por qué deberían creer los ciudadanos que alguien que se enorgullece de querer romper el Estado puede convertirse ahora en arquitecto de una alternativa estatal? La contradicción no es menor, es galáctica.
En los últimos años la política española ha derivado demasiadas veces hacia el espectáculo, la provocación y el ruido. Y, quiera o no, perfiles como el suyo han contribuido a esa degradación del debate público.
Por cierto, su oferta para encabezar una izquierda aún más a la izquierda del Gobierno de Sánchez parece generar más escepticismo que adhesiones incluso entre sus propios compañeros de formación, que tampoco terminan de creérselo, como la paso a otras formaciones de ese espectro político que usted pretende aglutinar.
La credibilidad política no nace de un anuncio. Se gana. Y, sobre todo, no se improvisa.






