Que el burka se lo pongan Sánchez y Feijóo

Tenorio

Si tanto les gusta el burka, que se lo pongan ellos.

Porque aquí el debate no es cultural. No es estético. No es una cuestión secundaria. Es un asunto de seguridad, de igualdad y de libertad. Y esos tres pilares no se negocian.

El burka —y también el niqab— no son simples prendas. Son la expresión visible de una concepción social donde la mujer desaparece del espacio público. Donde su rostro, su identidad y su individualidad quedan anuladas. Y eso choca frontalmente con el principio básico de cualquier democracia occidental: hombres y mujeres iguales ante la ley y visibles ante la sociedad.

Mientras tanto, ¿qué hacen los grandes partidos del sistema?

Pedro Sánchez calla bajo el disfraz del relativismo cultural. No quiere molestar a nadie, aunque para ello tenga que mirar hacia otro lado cuando se vulneran principios esenciales.

Alberto Núñez Feijóo, por su parte, practica la ambigüedad calculada. Ni sí ni no. Ni blanco ni negro. Siempre esperando a ver por dónde sopla el viento demoscópico.

Pero hay una formación que lleva años diciendo lo mismo, sin matices y sin complejos: VOX. Su posición ha sido firme y coherente desde el principio: en España, en el espacio público, el rostro descubierto. Por seguridad. Por dignidad. Por igualdad.

Y esto no es radicalidad. Es claridad. Es coherencia. Es defender que en nuestro país rigen nuestras leyes y nuestros valores constitucionales. Que la libertad religiosa existe, sí, pero no puede imponerse sobre la igualdad entre hombres y mujeres ni sobre las normas de convivencia.

Lo verdaderamente inquietante es el silencio de quienes se autodenominan feministas. Se movilizan por eslóganes importados, pero callan ante una prenda que simboliza la invisibilización de la mujer. Mucha pancarta y poca coherencia.

Porque aquí la pregunta es muy simple: ¿puede una sociedad que se dice avanzada aceptar que haya mujeres cuyo rostro no puede verse en el espacio público? ¿Puede el Estado renunciar a identificar visualmente a quienes circulan por sus calles?  La respuesta es clara y contundente No. No puede.

Y si tanto incomoda decirlo, si tanto miedo hay a que les llamen intolerantes, entonces que se pongan el burka ellos. Que se lo pongan Sánchez y Feijóo. Pero que no obliguen a España a esconder sus principios bajo la tela del relativismo moral o el fundamentalismo religioso.

Conclusión: es imprescindible y urgente una regulación nacional que prohíba el uso del burka y del niqab en espacios públicos, refuerzo real de las políticas de integración y defensa sin complejos de la igualdad jurídica efectiva entre hombres y mujeres.

Porque la libertad no se tapa. Y la dignidad de la mujer no se negocia.

 

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