Conviene decirlo sin rodeos: el problema en España no es que no sepamos votar… es que llevamos demasiado tiempo votando como quieren que votemos.
Nos han dividido. Izquierda contra derecha. Un enfrentamiento constante que convierte al vecino en adversario, mientras los de arriba se reparten el poder. Y así pasan los años. Y así nada cambia. Porque mientras discutimos, los de siempre —Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español— siguen turnándose. Cambian los discursos, cambian los rostros… pero el sistema permanece intacto.
Y en medio de ese ruido olvidamos lo esencial: el poder es nuestro. Nos lo devuelven cada cuatro años durante unas horas. Un instante en el que podríamos exigir cuentas. En el que podríamos echar a quienes han convertido la política en una forma de vida. Pero no lo hacemos. Volvemos a caer.
Y mientras tanto, los ejemplos de incompetencia y corrupción se acumulan. No son teorías. Son nombres y apellidos. Ahí está Mariano Rajoy PP, cuyo gobierno quedó marcado por el caso Gürtel, una trama de corrupción que acabó con una sentencia demoledora y una moción de censura histórica. Ahí está Luis Bárcenas PP, símbolo de las cajas B, de los sobresueldos y de una forma de hacer política que erosionó la confianza de millones de españoles.
Y no hace falta irse muy lejos en el tiempo. En el lado socialista, tenemos a José Luis Ábalos, salpicado por el llamado “caso mascarillas”, junto a su entorno más cercano. O a Santos Cerdán, cuyo nombre ha aparecido vinculado a investigaciones y polémicas que siguen deteriorando la credibilidad del partido socialista.
Y por encima de todos, Pedro Sánchez, que ha hecho de la resistencia en el poder una estrategia, mientras su entorno político acumula escándalos, ceses y explicaciones que nunca terminan de convencer.
¿De verdad alguien puede decir que esto es normal? ¿De verdad podemos seguir votando como si nada pasara? Y aun así, cada cuatro años, millones de españoles vuelven a elegir a los mismos. Por miedo. Por costumbre. Por inercia.
Y entonces aparece la excusa perfecta: “los partidos nuevos no tienen experiencia”. ¿Perdón? ¿Acaso los de siempre nacieron sabiendo gobernar? No. También tuvieron una primera vez. También prometieron regeneración. También dijeron que venían a servir. La diferencia es que hoy ya sabemos cómo acaban.
Por eso, seguir votando a los mismos no es prudencia… es resignación. Aquí está el verdadero cambio que hace falta: dejar de votar ideologías y empezar a votar gestión.
Porque un gobierno no debería ser una trinchera ideológica. Debería ser un administrador de nuestro dinero. De nuestros impuestos. De nuestro esfuerzo diario. Y a cualquier administrador se le mide por resultados. Si gestiona bien, continúa. Si gestiona mal, se le sustituye. Sin excusas. Sin lealtades ciegas.
Pero en política ocurre justo lo contrario. Se perdona todo si lo hacen “los tuyos”. Se justifica la incompetencia. Se minimiza la corrupción. Ese es el verdadero problema.
Y hay una verdad incómoda que deberíamos repetir cada día: votamos cada cuatro años… pero pagamos impuestos todos los días. Todos los días.
Cuando trabajamos. Cuando consumimos. Cuando ahorramos.
Por eso, la próxima vez que entremos en una cabina electoral, conviene hacerse una sola pregunta: ¿estoy votando como un ciudadano… o como un hincha de futbol?
Porque el día que dejemos de votar con miedo y empecemos a votar con criterio…
Ese día, se acabó el juego para los de siempre. Y ese día, el poder volverá —de verdad— a donde nunca debió salir: a manos de la gente.






