Hungría vota y entierra el socialismo

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Felicidades a Hungría. Sí, felicidades claras y sin complejos. Porque mientras en otros rincones de Europa se empeñan en dar lecciones, los ciudadanos húngaros han hablado alto y claro en las urnas: 192 de los 199 escaños para el centro derecha y la derecha. Una mayoría aplastante. Una decisión democrática. Una elección soberana.

Y aquí viene lo importante: les guste o no a muchos en Bruselas o en los platós de televisión, eso también es democracia.

En Hungría han decidido dejar aparcado al socialismo. No por imposición, no por manipulación, no por falta de libertad… sino votando. Con papeletas. Con mayoría. Con convicción.

Y, además, con un detalle que algunos deberían aprender: Viktor Orbán ha felicitado al ganador. Sin cuestionar el resultado. Sin sembrar dudas. Sin intentar deslegitimar al votante. Porque allí, cuando el pueblo habla, se respeta.

¿Se imaginan eso aquí?

Porque en España llevamos años escuchando que si la derecha gana es poco menos que una amenaza, que si el votante “no sabe lo que hace”, que si hay que poner “cordones sanitarios” … Pero cuando la izquierda pierde, en lugar de reflexión, lo que hay es excusa, ruido y, muchas veces, desprecio al propio ciudadano.

Lo de Hungría no es solo un resultado electoral. Es un mensaje. Un aviso. Una reacción. Es el hartazgo de una sociedad que ha dicho basta a determinadas políticas, a determinadas imposiciones y a una forma de gobernar que ya no convence.

Y aquí es donde conviene mirarnos al espejo.

Porque mientras felicitamos —o algunos se resisten a hacerlo— a los húngaros, en España llevamos más de ocho años bajo el gobierno de Pedro Sánchez. Ocho años con escándalos, con cesiones, con una política cada vez más alejada del ciudadano y más centrada en resistir en el poder a cualquier precio.

Y, aun así, seguimos dando lecciones fuera.

Quizá lo que molesta no es el resultado en Hungría. Quizá lo que incomoda es que un pueblo europeo haya votado masivamente en una dirección distinta a la que marca el discurso dominante.

Porque entonces se rompe el relato. Entonces queda claro que no hay una única forma de pensar en Europa. Que no todo el mundo compra el mismo paquete ideológico. Y que cuando se vota libremente, a veces el resultado no gusta… pero sigue siendo legítimo.

Hungría ha elegido. Con claridad. Con contundencia. Y con una mayoría que no deja lugar a interpretaciones. Aquí, en España, haríamos bien en tomar nota.

Menos mirar a Budapest para criticar… y más mirar a Madrid para arreglar lo nuestro. Menos lecciones… y más respeto a las urnas. Y, sobre todo, menos miedo a que el pueblo decida.

Porque cuando el voto es libre, el resultado no siempre coincide con el discurso oficial. Y eso, precisamente eso… es la esencia de la democracia.

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