Éramos muchos… y parió la abuela

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Hay expresiones populares que explican mejor que cualquier informe económico lo que está pasando en España. Y esta, “éramos muchos y parió la abuela”, define con precisión quirúrgica el momento actual.

Porque mientras a los españoles se nos exige cada vez más —más impuestos, más sacrificios, más paciencia—, el Gobierno abre de par en par la puerta a la regularización masiva de cientos de miles de inmigrantes que han entrado ilegalmente en nuestro país. Sin control. Sin planificación. Sin capacidad real de integración. Y todo esto, además, envuelto en un relato económico que roza el insulto.

Nos dicen que el PIB crece ligeramente. Que la economía va bien. Que somos el motor de Europa. Pero la realidad que pisa la calle es otra: el poder adquisitivo cae, los salarios no llegan, la vivienda es inalcanzable y cada vez hay más españoles que trabajan… y aun así no llegan a fin de mes.

Y aquí está el dato que desmonta el relato oficial: los salarios reales están cayendo un 0,6%. ¿Por qué? Porque aumenta la oferta de trabajadores no cualificados y eso presiona los sueldos a la baja. Más mano de obra disponible, menos capacidad de negociación.

¿Y quién paga esa factura? El trabajador español. El de siempre.

Porque no hablamos de teorías. Hablamos de camareros, albañiles, repartidores, empleadas del hogar… sectores donde cada euro cuenta y donde esta presión se nota cada día. Y en todo esto hay un silencio atronador: el de los sindicatos mayoritarios. Callados. Ausentes. Desaparecidos.

Los que deberían estar defendiendo al trabajador hoy miran hacia otro lado. Y lo hacen, casualmente, con la mano abierta para seguir recibiendo subvenciones. Ni una gran movilización, ni una denuncia clara, ni una defensa real de los salarios.

Cuando dependes del poder, dejas de incomodarlo. Pero el problema no es solo económico. Es social. Es cultural.

Porque cuando se promueve la llegada masiva y desordenada de personas, sin exigir integración real, lo que se genera es tensión, fragmentación y, en muchos casos, conflicto.

Y cuando esto se hace de forma sostenida en el tiempo, deja de ser un error para convertirse en un proyecto político. Un proyecto que algunos niegan, pero que muchos ya perciben: un cambio profundo del modelo social, cultural y también religioso de España. Y mientras tanto, ¿qué hacen los grandes partidos?

El PSOE impulsa estas políticas sin complejos. El PP, cuando gobierna, las suaviza… pero no las revierte. Cambian las palabras, pero no el rumbo.

Un bipartidismo que, en la práctica, coincide en lo esencial: gestionar este proceso sin cuestionarlo. Y no, esto no va de rechazar a nadie por su origen. Va de algo mucho más básico: de defender el orden, la legalidad y la cohesión social. Porque ningún país serio permite entradas masivas ilegales y luego premia esa ilegalidad con papeles. Aquí sí.

Y se vende como humanidad.

Pero humanidad sería garantizar salarios dignos a los españoles, acceso a la vivienda a los españoles y estabilidad a quienes ya están aquí. Humanidad sería no utilizar a los inmigrantes ilegales y legales como mano de obra barata ni como herramienta política.

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