Señora Gómez:
Durante meses se nos repitió que todo era una campaña, un bulo, una persecución política. Pero esta semana el juez Juan Carlos Peinado ha cerrado la instrucción con la imputación de cuatro presuntos delitos contra usted. Ya no hablamos de propaganda: hablamos de indicios judiciales.
Y lo más grave no es solo lo penal. Lo verdaderamente escandaloso es la imagen de privilegio que deja este caso: aprovechar su condición de esposa del presidente del Gobierno para obtener puestos, influencia y recursos que millones de españoles jamás tendrían a su alcance.
Mientras usted encontraba puertas abiertas, miles de ciudadanos se parten la cara opositando, emprendiendo o investigando sin padrinos, sin llamadas y sin despacho en Moncloa. Esa es la España real. La otra, la de los contactos y favores, es la que indigna.
El problema también alcanza a su esposo, que llegó prometiendo regeneración democrática y ejemplaridad. Qué sarcasmo: quienes venían a limpiar la política han acabado rodeados por las mismas sospechas de siempre, o peores.
Y como suele ocurrir, en vez de explicaciones llegan los ataques al juez, a la prensa y a la oposición. El manual clásico del poder acorralado: culpar a todos menos al espejo.
Ahora decidirán los tribunales. Pero políticamente la sentencia social ya está escrita: España no necesita más víctimas fingidas en la Moncloa. Necesita decencia.





