La lengua como arma: cuando educar se convierte en delito

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Hay historias que retratan mejor que cualquier discurso el estado real de una sociedad. Y lo ocurrido en el IES Guillem Sagrera de Palma es una de ellas.

Una profesora señalada. Delatada por una compañera. Inspeccionada por sorpresa. Entrando en clase entre lágrimas.

¿Su falta? ¿Su negligencia? ¿Su abuso de poder?

Permitir que sus alumnos hicieran trabajos de Tecnología en español.

Sí, han escuchado bien. En español. En la lengua común de todos los españoles. En la lengua materna de muchos de esos alumnos. Ese fue su “delito”.

Y lo más inquietante no es solo el hecho en sí. Lo verdaderamente grave es el clima que lo hace posible. Un clima donde ya no hablamos de libertad educativa, sino de vigilancia ideológica. Donde algunos docentes han dejado de ser educadores para convertirse en auténticos comisarios lingüísticos, comisarios políticos.

Porque aquí no estamos ante un simple conflicto pedagógico. Estamos ante algo mucho más profundo: la imposición de una ortodoxia, de un pensamiento único, de una norma no escrita que castiga al que se sale del guion.

Una compañera la denuncia públicamente. La maquinaria se pone en marcha. La Inspección aparece. Se genera el escarnio. Se siembra el miedo. Y al final, ¿qué ocurre?

Que no había ninguna irregularidad. Ninguna. Pero el daño ya estaba hecho.

Porque el objetivo no era corregir nada. Era dar un aviso. Un aviso a navegantes. Un mensaje claro: “esto no se hace”.

Y aquí es donde entra la responsabilidad política. Porque estos ambientes no nacen solos. Se permiten. Se toleran. Se alimentan desde arriba.

¿Dónde está el Gobierno balear? ¿Dónde está el Partido Popular? Callado. Consintiendo. Mirando hacia otro lado mientras en las aulas se vulnera un derecho básico: el de expresarse libremente en la propia lengua materna: el español.

Y no nos engañemos: esto no va de lenguas. Esto va de poder. De control. De imponer una visión excluyente que convierte lo que debería ser riqueza cultural en un instrumento de división.

Hoy es una profesora. Mañana puede ser cualquier otra. O cualquier alumno.

Porque cuando el miedo entra en el aula, la educación deja de ser educación.

Se convierte en adoctrinamiento. Y frente a eso, no caben medias tintas. No caben equilibrios calculados ni silencios cómodos. O se está con la libertad, o se está con la imposición.

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