Mordemos al turista…y vivimos de su pan

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Aquí tienen ustedes el gran misterio de nuestro tiempo: el turista es un problema… hasta que llega la nómina.

Porque claro, mal si vienen en bicicleta —que molestan—, mal si llegan en cruceros —que contaminan—, mal si alquilan coches —que colapsan—, mal si pasean por Palma —que saturan—, mal si suben a la Serra de Tramuntana —que invaden—, mal si bajan a Sa Calobra —que estorban—. Todo mal. Absolutamente todo mal.

Pero, curiosamente, cuando a final de mes suena ese ingreso en la cuenta… entonces ya no es tan mal.

Entonces el camarero cobra. Entonces el taxista factura. Entonces el pequeño comercio respira. Entonces el hotel paga nóminas. Entonces el autónomo aguanta un mes más. Entonces, de repente, ese turista que era poco menos que una plaga… se convierte en la razón por la que miles de familias pueden llegar a fin de mes. Qué cosa más extraña.

Hemos construido un discurso profundamente esquizofrénico. Vivimos, comemos y prosperamos gracias al turismo… pero al mismo tiempo lo demonizamos como si fuera un castigo divino. Y lo hacemos además con una superioridad moral bastante curiosa: señalando al visitante como si fuera el culpable de todos nuestros problemas estructurales.

Porque claro, es más fácil culpar al que viene de fuera que reconocer lo evidente: que la saturación, la falta de planificación, los problemas de vivienda o de infraestructuras no los ha creado el turista… los han creado décadas de mala gestión política.

Pero eso no se dice. Se dice que sobra gente. Se dice que hay que limitar. Se dice que hay que poner tasas, prohibiciones, restricciones…Todo menos hacer lo difícil: gobernar bien.

Y mientras tanto, el mensaje que lanzamos al mundo es demoledor: “Venid, pero no molestéis. Gastad, pero que no os veamos. Dejad el dinero… e iros rápido.”

Una contradicción insostenible.

Porque una economía que desprecia a quien la sostiene está jugando con fuego. Y Baleares —nos guste o no— vive del turismo. No de forma exclusiva, pero sí de forma decisiva, predominante. Negarlo no es ser progresista, es ser un imbécil irresponsable.

¿Que hay que ordenar? Por supuesto.

¿Que hay que proteger el entorno? Evidentemente.

¿Que hay que evitar abusos? Sin duda.

Pero una cosa es gestionar… y otra muy distinta es criminalizar.

Porque cuando todo es “malo” … al final lo que acabará mal será la economía, serán nuestros bolsillos.

Y entonces, cuando esa nómina deje de llegar —o llegue más pequeña—, igual alguien empieza a preguntarse si tanto desprecio no era, en realidad, un lujo que no nos podíamos permitir.

Así que menos hipocresía y más seriedad. Decidamos de una maldita vez qué queremos ser de mayores…

 

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