Hay momentos en política en los que se caen las máscaras. Y lo que estamos viendo en Europa es uno de ellos.
Mientras en España el Partido Popular intenta presentarse como alternativa al sanchismo, como ese supuesto muro de contención frente a los excesos ideológicos de la izquierda… en Bruselas y Estrasburgo hace exactamente lo contrario. Allí, lejos del foco nacional, el PP se alinea con el PSOE y con Podemos para impulsar una legislación que bebe directamente del espíritu de la ley del “solo sí es sí”.
Y no estamos hablando de un detalle menor. Estamos hablando de un cambio profundo en el enfoque jurídico: de normas que ponen en cuestión principios básicos como la presunción de inocencia y que introducen un sesgo ideológico claro en función del sexo. Es decir, leyes que dejan de tratar a los ciudadanos como iguales ante la ley para empezar a clasificarlos.
¿Y qué hace el Partido Popular? Lo respalda. Lo vota. Lo legitima.
Luego regresan a España y nos dicen que ellos son distintos. Que ellos vienen a corregir los excesos del Gobierno. Que representan la moderación, la sensatez, el equilibrio. Pero cuando tienen la oportunidad de demostrarlo en Europa, cuando no hay titulares incómodos en la prensa nacional, cuando el foco mediático es menor… hacen lo mismo. Exactamente lo mismo.
Esto no es un accidente. No es una votación aislada. Es una forma de hacer política.
El Partido Popular lleva años instalado en una ambigüedad calculada: discurso firme de puertas para dentro y sumisión ideológica de puertas para fuera. Un día critican una ley en España, y al siguiente la respaldan en Europa. Un día hablan de igualdad, y al siguiente votan normas que rompen esa igualdad por razón de sexo.
Y así es como se sostiene una de las grandes ficciones de la política española: que existe una alternativa real dentro del bipartidismo. Pero la realidad, cada vez más evidente, es otra. Cuando llega la hora de la verdad, cuando se deciden las grandes líneas políticas en el ámbito europeo, PP y PSOE no están tan lejos. De hecho, caminan juntos. Y en muchas ocasiones, acompañados por quienes dicen ser sus adversarios más radicales, los comunistas.
¿Resultado? El ciudadano queda desprotegido. Se debilita la confianza en las instituciones. Y lo más grave: se lanza un mensaje muy peligroso, que la ley puede dejar de ser igual para todos en función de criterios ideológicos.
Y cuando la igualdad ante la ley se resquebraja, lo que está en juego no es una ley concreta. Es el propio Estado de Derecho.
Por eso conviene hablar claro. No basta con cambiar de siglas si las políticas son las mismas. No basta con alternar gobiernos si el rumbo no cambia. No basta con discursos contundentes si luego los votos dicen otra cosa.
La política no se mide por lo que se dice en campaña, sino por lo que se hace cuando nadie mira. Y en Europa, el Partido Popular ha dejado claro quiénes son sus verdaderos compañeros de viaje… y cuáles son sus verdaderas intenciones.
La pregunta ahora es sencilla: ¿vamos a seguir comprando el relato… o empezamos, de una vez, a mirar los hechos?





