Palma: miles de cruceristas y ni un urinario a la vista

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Palma es una potencia turística. Una de las grandes puertas del Mediterráneo. Cada año llegan millones de visitantes, cientos de cruceros y miles de pasajeros desembarcan casi a diario para recorrer nuestras calles, visitar la Catedral, comprar, comer y disfrutar de la ciudad. Todo eso está muy bien.

Pero hay una pregunta que nadie parece querer hacerse: ¿Dónde hacen sus necesidades los miles de cruceristas que llegan cada día a Palma? Porque esta es una de esas cuestiones tan elementales que, precisamente por ser elementales, las administraciones olvidan.

Se discute sobre sostenibilidad. Se firman acuerdos sobre el número máximo de cruceros. Se elaboran informes. Se convocan mesas de trabajo. Se habla de movilidad, de emisiones, de convivencia y de turismo de calidad. Pero del baño público, del urinario, del aseo accesible y suficiente… Nada. Silencio. Y, sin embargo, la realidad es muy tozuda. Los turistas comen. Beben. Pasean durante horas. Y, tarde o temprano, necesitan un servicio.

¿Y qué sucede entonces? Que el problema se traslada a otros.

A los bares y restaurantes, que terminan haciendo de aseo público sin recibir ninguna compensación. A los pequeños comercios, que tienen que responder una y otra vez a la misma pregunta: “¿Tienen ustedes baño?”. Y cuando no hay alternativas suficientes, la consecuencia es evidente: suciedad, malos olores y una imagen impropia de una ciudad que aspira a ser referente turístico.

Lo curioso es que hablamos mucho de la presión que el turismo ejerce sobre la ciudad, pero pocas veces hablamos de cómo se planifican los servicios necesarios para absorber esa presión. Porque la sostenibilidad no consiste únicamente en limitar cifras. También consiste en gestionar bien la realidad. Y la realidad es que si una ciudad recibe millones de visitantes necesita infraestructuras básicas. Muy básicas.

Tan básicas como baños públicos limpios, suficientes, bien señalizados y situados donde realmente hacen falta. Aquí hay responsabilidades compartidas. Del Ayuntamiento de Palma, que gestiona la ciudad. Del Govern balear, que diseña el modelo turístico. Y de la Autoridad Portuaria, que obtiene importantes ingresos de la actividad de cruceros.

Todos participan en el éxito turístico. Todos deberían participar también en la solución de sus consecuencias. Porque no parece razonable que una actividad económica que mueve millones de euros deje cuestiones tan elementales sin resolver.

A veces la política se pierde en grandes palabras: Transformación. Sostenibilidad. Resiliencia. Gobernanza. Conceptos muy sofisticados. Pero la buena gestión suele empezar por algo mucho más sencillo:

Ver un problema y resolverlo. Y quizá Palma necesita menos discursos grandilocuentes y más sentido práctico. Porque una ciudad preparada no es la que solo atrae visitantes. Es la que está preparada para recibirlos.

Y eso incluye algo tan simple como que, cuando un turista pregunte dónde está el baño más cercano, no tenga que recorrer media ciudad para encontrarlo. Parece una cuestión menor. Pero muchas veces la calidad de una ciudad se mide precisamente en los pequeños detalles. Y un detalle que afecta cada día a miles de personas deja de ser un detalle para convertirse en una obligación de quienes gobiernan.

Porque una capital turística de primer nivel no puede permitirse una imagen tan absurda: Miles de cruceristas llegando a Palma…Y ni un urinario a la vista. Si quieres un

“Nos hablan de turismo sostenible, de ciudades inteligentes y de grandes planes estratégicos. Pero una ciudad inteligente empieza por resolver las necesidades más básicas. Y si Palma recibe decenas de miles de visitantes cada año, lo mínimo es preguntarse dónde van al baño. Porque gobernar no consiste solo en inaugurar proyectos: consiste también en ocuparse de las cosas sencillas que hacen funcionar una ciudad.”

 

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