Morante pone el arte y la sangre en el Coliseo Balear

Morante de la Puebla
Morante de la Puebla abandona la plaza tras ser alcanzado en una mano.

Antes de que los trofeos pasen a engrosar las estadísticas, la corrida celebrada este jueves en el Coliseo Balear dejó una sensación difícil de medir con orejas o vueltas al ruedo. Fue una noche de las que permanecen en la memoria por los detalles: un lance, un quite, un natural o el silencio contenido de toda una plaza tras un percance. Con tres cuartos de entrada y un ambiente de las grandes citas, Palma volvió a demostrar que la afición taurina mantiene intacta su capacidad de convocatoria.

Diego Ventura abrió el cartel confirmando por qué sigue siendo la gran referencia del rejoneo. El jinete portugués firmó una actuación de enorme solvencia, basada en la compenetración con sus caballos, el temple y la espectacularidad medida. Su dominio de los tiempos y la cercanía a las embestidas despertaron el entusiasmo del público, que reconoció una nueva exhibición de maestría.

Morante volvió a emocionar

La máxima expectación, sin embargo, recaía sobre José Antonio Morante de la Puebla. El sevillano regresaba a Palma convertido en el gran nombre de la temporada y respondió con ese concepto del toreo que trasciende la técnica para convertirse en arte. Desde los primeros lances de capote dejó patente su inspiración, dibujando verónicas lentas y elegantes que levantaron los olés más profundos de la noche.

Cada intervención de Morante desprendió personalidad y belleza. Más allá del número de pases, el maestro volvió a demostrar que su grandeza reside en la capacidad de emocionar al tendido con un simple gesto.

Morante volvió a dejar destellos de su arte.

La noche, no obstante, cambió de golpe durante la suerte suprema frente a su segundo toro, quinto de la función. Al entrar a matar sufrió una aparatosa voltereta que hizo contener la respiración a los aficionados. El asta le alcanzó la mano derecha y el torero tuvo que abandonar el ruedo visiblemente dolorido para ser atendido en la enfermería.

El parte médico confirmó posteriormente una herida entre el pulgar y el índice de la mano derecha que precisó cinco puntos de sutura, descartándose daños tendinosos de gravedad.

Castella, firmeza y entrega

Sebastián Castella completó la terna con dos actuaciones marcadas por la firmeza y el compromiso. El francés fue ovacionado tras su primer toro y cortó una oreja del segundo después de una faena de calidad ante un notable ejemplar de Álvaro Núñez.

Castella destacó ya con el capote gracias a una serie de templadas verónicas y un variado quite por chicuelinas y tafalleras. Brindó después una labor de muleta de gran nivel, iniciada con pases cambiados y construida sobre ambas manos, sobresaliendo especialmente los naturales, largos y profundos. Mató de estocada, aunque necesitó el descabello antes de recibir una oreja. La fuerte petición del público para concederle la segunda no fue finalmente atendida por la presidencia.

El diputado nacional Jorge Campos presenció la corrida desde el burladero.

Los toros de Ángel Sánchez, para rejones, y los de Juan Pedro Domecq, en la lidia ordinaria, ofrecieron un juego desigual, alternando ejemplares con clase y transmisión con otros de menor recorrido que exigieron oficio a los toreros.

Al término de la corrida, los trofeos pasarán a ocupar su lugar en las estadísticas. Pero la imagen que perdurará será la de un Coliseo Balear entregado al toreo y la de Morante abandonando el ruedo herido, después de haber vuelto a demostrar que cuando el arte aparece en el albero, el resultado deja de ser lo más importante.

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