25 años del 11-S: el atentado que cambió el mundo

25 años 11-S

Este jueves se cumplen 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, una jornada que marcó un antes y un después en la historia contemporánea. Los ataques perpetrados por Al Qaeda dejaron 2.977 víctimas mortales en Estados Unidos, desencadenaron la guerra de Afganistán y provocaron cambios que todavía hoy forman parte de la vida cotidiana, desde los controles en los aeropuertos hasta la ampliación de los sistemas de vigilancia y seguridad.

Todo comenzó a las 8.46 horas, cuando el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center de Nueva York. Diecisiete minutos después, un segundo avión, el vuelo 175 de United Airlines, impactaba contra la Torre Sur ante las cámaras de televisión. Ya no había dudas: Estados Unidos estaba siendo atacado.

Un tercer avión se estrelló a las 9.37 contra el Pentágono, mientras que un cuarto aparato, el vuelo 93, cayó en un campo de Pensilvania después de que los pasajeros se rebelaran contra los secuestradores. La Torre Sur se desplomó a las 9.59 y la Norte lo hizo a las 10.28. En menos de dos horas, el mundo había cambiado.

Un ataque preparado durante años

Los cuatro aviones fueron secuestrados por 19 miembros de Al Qaeda. El principal arquitecto del plan fue Khalid Sheikh Mohammed, mientras que Osama bin Laden proporcionó el respaldo de la organización terrorista a una operación diseñada para convertir aviones comerciales en armas.

Las investigaciones posteriores también pusieron de manifiesto los fallos de los servicios de seguridad estadounidenses. Durante los meses anteriores habían existido numerosas señales sobre la posibilidad de un gran atentado, pero la información disponible permaneció fragmentada entre diferentes organismos. La Comisión del 11-S concluiría que los ataques fueron una conmoción, pero no deberían haber supuesto una sorpresa.

No existen pruebas de que las autoridades conocieran el plan concreto y permitieran su ejecución. Sí quedó documentado, sin embargo, que hubo errores de coordinación y oportunidades desaprovechadas para detectar a los terroristas. La CIA, el FBI y otros organismos disponían de piezas de información que nunca consiguieron encajar a tiempo.

La guerra contra el terrorismo

La reacción de Estados Unidos fue inmediata. El presidente George W. Bush anunció una nueva doctrina según la cual Washington no distinguiría entre los terroristas y los países que les proporcionasen refugio. Afganistán, donde el régimen talibán acogía a Bin Laden y permitía operar a Al Qaeda, se convirtió en el primer objetivo.

La invasión comenzó en octubre de 2001. Los talibanes fueron rápidamente expulsados del poder, pero Bin Laden consiguió escapar y una operación concebida inicialmente como una respuesta rápida acabó convirtiéndose en la guerra más larga de la historia de Estados Unidos. Veinte años después, tras la retirada occidental de agosto de 2021, los talibanes recuperaron el control de Kabul.

Dos años después del 11-S llegó la invasión de Irak. Sin embargo, las investigaciones estadounidenses no encontraron pruebas de que Saddam Hussein hubiese participado en los atentados ni de una colaboración operativa con Al Qaeda para ejecutarlos. La guerra de Irak no fue, por tanto, una respuesta directa contra los responsables del 11-S, aunque resulta difícil desligarla del escenario político creado tras los ataques.

Un enorme coste humano

Las guerras posteriores multiplicaron el coste de aquella jornada. Las estimaciones del proyecto Costs of War, de la Universidad de Brown, sitúan en al menos 940.000 las muertes directas por la violencia en los conflictos posteriores al 11-S, entre ellas más de 432.000 civiles.

Si se contabilizan también las muertes indirectas relacionadas con el hambre, las enfermedades, la destrucción de infraestructuras o el deterioro de los sistemas sanitarios, las estimaciones alcanzan entre 4,5 y 4,7 millones de fallecidos, además de unos 38 millones de desplazados. Se trata de cálculos sobre un amplio conjunto de conflictos vinculados a la denominada guerra contra el terrorismo y no de víctimas directamente atribuibles a los atentados.

Aeropuertos, vigilancia y menos privacidad

El legado del 11-S también llegó a la vida cotidiana. Los controles aeroportuarios se endurecieron, se reforzaron las puertas de las cabinas de los pilotos y aumentaron las restricciones sobre equipajes, líquidos y objetos que podían introducirse en los aviones. El modelo estadounidense acabó extendiéndose internacionalmente.

Al mismo tiempo, Estados Unidos reorganizó su estructura de seguridad nacional y amplió considerablemente sus capacidades de vigilancia. La Patriot Act abrió nuevas posibilidades de investigación para las autoridades, mientras la lucha antiterrorista dio paso a polémicas como Guantánamo, las cárceles secretas de la CIA, las técnicas de interrogatorio calificadas como tortura y los programas de vigilancia masiva.

Europa tampoco permaneció ajena. La OTAN activó por primera vez el artículo 5 de defensa colectiva y los países europeos reforzaron la cooperación policial y de inteligencia. El terrorismo yihadista, sin embargo, continuó golpeando posteriormente ciudades como Madrid, Londres, París, Bruselas, Niza, Berlín, Manchester, Barcelona y Cambrils.

Una herida todavía abierta

Un cuarto de siglo después, el balance del 11-S ni siquiera puede considerarse completamente cerrado. Miles de bomberos, policías, sanitarios y trabajadores estuvieron expuestos durante semanas al polvo y a sustancias tóxicas en la Zona Cero. Aún siguen diagnosticándose enfermedades, incluidos distintos tipos de cáncer, entre quienes participaron en las tareas de rescate y recuperación.

Veinticinco años después, quizá una de las principales lecciones siga siendo distinguir entre la responsabilidad de Al Qaeda en los atentados y las decisiones políticas adoptadas posteriormente. Afganistán, Irak, Guantánamo o la expansión de la vigilancia fueron respuestas de los gobiernos occidentales cuyos resultados y consecuencias forman parte del legado de aquella jornada.

El 11 de septiembre de 2001, 19 terroristas necesitaron menos de dos horas para derribar las Torres Gemelas, atacar el Pentágono y alterar el curso de la historia. Veinticinco años después, buena parte del mundo surgido de aquel martes continúa entre nosotros.

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