Las recientes elecciones en Aragón ponen sobre la mesa la ¨sensación popular¨ local, que no indica que sea definitivo si hubiera una elecciones generales , de que el PSOE retrocedió, el Partido Popular creció sin generar entusiasmo y Vox consolidó su avance capitalizando el malestar. La izquierda tradicional perdió tracción, el centro no logró enamorar y la derecha dura se afirmó como canal del voto de enojo y bronca. No hubo un giro ideológico pleno, sino una redistribución del cansancio social dentro del sistema.
Hay una paradoja que se repite con precisión quirúrgica en la política contemporánea: los gobiernos que dicen combatir a los extremos terminan, en los hechos, alimentándolos. En España, el PSOE parece estar ayudando a Vox del mismo modo en que el peronismo argentino, por acción u omisión, facilitó el ascenso de Javier Milei, no por afinidad ideológica, sino por una lógica de supervivencia: patear la pelota hacia adelante para conservar el poder hoy, aun a costa del sistema mañana.
Equiparar a Vox con Milei es una simplificación tentadora pero equivocada. Milei no solo creció como un fenómeno disruptivo: rompió con el macrismo para construir un partido propio, diseñado a su imagen y semejanza. Entendió que el liderazgo no podía tercerizarse ni diluirse en estructuras percibidas como parte del problema. Su proyecto fue personal, radical y ruidoso; una ruptura explícita con el orden previo.
En España, ese proceso no existe. Santiago Abascal no posee, al menos por ahora, la potencia simbólica ni la capacidad de irrupción que tuvo Milei. Vox crece, sí, pero lo hace como administrador del enojo, no como creador de un nuevo relato político. Milei empujó el sistema hasta quebrarlo; Vox espera que el sistema se desgaste solo.
Ahí reside su verdadero negocio político. Vox no necesita ganar hoy. Le alcanza con que esta primavera de votos se prolongue. Cada error del gobierno de Pedro Sanchez, cada pacto forzado, cada sobreactuación institucional, funciona como fertilizante. Vox crece mientras el poder administra su propia erosión.
Mientras, el Partido Popular no logra ofrecer una alternativa emocionalmente convincente. Su estrategia errática y la ausencia de un liderazgo que conecte con la sociedad dejan un vacío que los extremos ocupan sin resistencia. Cuando la oposición no enamora, el candidatos es amorfo y el voto de castigo no vuelve al centro: se fuga hacia los márgenes.
El malestar social se acumula hoy en España, la sociedad está enojada por la inmigración percibida como desordenada, por la sensación de pérdida de control, por un sistema gubernamental visto como cerrado y autorreferencial, y por acuerdos como el firmado con Mercosur, que les pone en peligro el negocio del campo, todo esto vivido más como imposición que como oportunidades. No es solo economía: es identidad, previsibilidad y fatiga institucional.
En este escenario, otros jugadores como los partidos catalanes han perdido gran parte de su credibilidad. El eterno teatro de confrontación con el gobierno central se volvió previsible y funcional. Fueron y son piezas clave para la gobernabilidad de Sánchez, y esa dependencia mutua les garantiza subsistencia a ambos. La pelea existe; la ruptura, no.
España, como antes Argentina, parece ingresar en una fase conocida: cuando el poder necesita a sus antagonistas para seguir siendo poder, y los antagonistas necesitan al poder para seguir creciendo. Un equilibrio frágil, cínico, pero eficaz.
Pero ojo, ¨el recambio no llega ordenado ni moderado; llega de golpe¨.






