Crisis es probablemente la peor palabra para una sociedad y también una de las más duras para la política. Es una situación grave en la que el Gobierno, los partidos y las instituciones comienzan a fallar, pierden autoridad y ponen en riesgo la estabilidad del país. Generalmente, es consecuencia de la pérdida de confianza de los ciudadanos, de los conflictos internos y de la incapacidad para alcanzar acuerdos y tomar decisiones.
Sin embargo, eso es precisamente lo que está ocurriendo en España y, en mayor o menor medida, en todas sus regiones: incendios, protestas contra el turismo, falta de vivienda, inmigración desordenada, precariedad laboral, corrupción y una creciente desconfianza hacia las instituciones.
Frente a esta realidad aparecen los “Zapateros de la vida”, empeñados en explicar lo inexplicable, justificar lo injustificable y envolver los problemas reales en discursos que ya no convencen a nadie. Los conflictos se prolongan, pero las soluciones no llegan. Mientras tanto, buena parte de la dirigencia parece estar jugando otro partido: el del poder, los cargos, las alianzas y el posicionamiento de cara a las próximas elecciones.
La corrupción merece un capítulo especial porque no solo provoca un perjuicio económico: también destruye la confianza de la ciudadanía. Cada euro desviado, cada contrato sospechoso, cada favor político y cada explicación insuficiente representan recursos que no llegan a la vivienda, la sanidad, la prevención de incendios, la educación o la creación de empleo. Cuando quienes deben dar el ejemplo utilizan el poder en beneficio propio, la sociedad deja de creer en las instituciones y comienza a sentir que las reglas únicamente se aplican a quienes no tienen poder.
La combinación es explosiva. Nadie debería sorprenderse si, llegado el momento, la ciudadanía les da la espalda.
¿Es tan difícil construir consensos? ¿Es tan complicado abandonar por un momento la confrontación y hablar el idioma que la sociedad necesita escuchar? La política existe para estar al servicio de la gente, no para que la gente quede subordinada a los intereses de la política.
Vivir permanentemente en crisis tiene un costo enorme. Una sociedad no puede desarrollarse cuando cada día debe apagar un “incendio” diferente. La incertidumbre paraliza las inversiones, debilita el empleo, deteriora la convivencia y obliga a las familias a concentrarse únicamente en sobrevivir. Sin estabilidad no hay proyectos; sin confianza no hay crecimiento y, sin una mínima previsibilidad, resulta imposible construir bienestar. Salir de una crisis no significa negar los problemas, sino dejar de improvisar y comenzar a resolverlos antes de que se vuelvan incontrolables.
Hoy muchas personas sienten que sus problemas no interesan y que nadie las escucha. Hay familias que lo perdieron todo en un incendio; personas que no pueden acceder a una vivienda y sobreviven en autocaravanas, habitaciones o construcciones precarias; trabajadores que no encuentran empleo y otros que, aun teniéndolo, no llegan a fin de mes. Al mismo tiempo, algunos protestan por la abundancia de turistas sin advertir que, en muchas regiones, si desaparece el turismo también desaparece una parte fundamental de la economía y del empleo.
Precisamente por eso, una crisis también puede convertirse en una oportunidad para poner las cosas en blanco sobre negro. No se trata de negar los problemas ni de enfrentar a residentes con turistas, a trabajadores con inmigrantes o a ciudadanos con empresarios. Se trata de ordenar prioridades, encontrar equilibrios y recuperar una política capaz de anticiparse a los conflictos.
Los gobiernos deben invertir muchos más recursos en prevención, planificación, vivienda, infraestructuras, educación y protección civil. Siempre será más humano, eficiente y económico prevenir una crisis que intentar reconstruir una sociedad después de que todo haya estallado. Porque una sociedad rota es mucho más difícil —y mucho más costosa— de reconstruir.
Gobernar no consiste en llegar con explicaciones cuando la gente ya perdió su casa, su trabajo o su esperanza. Gobernar es anticiparse, prevenir y ofrecer respuestas antes de que el daño sea irreversible. Lo demás no es bienestar: es administrar el sufrimiento mientras se piensa en las próximas elecciones.





