Europa y el mundo envejecen y, sin habitantes, no hay futuro

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No es una impresión ni una discusión moral. Según Eurostat, en 2024 nacieron 3,55 millones de niños en la Unión Europea, un 3,3 % menos que el año anterior. La fecundidad cayó a 1,34 hijos por mujer, muy lejos de los 2,1 necesarios para el reemplazo generacional. España está todavía peor: 1,10 hijos por mujer, la segunda tasa más baja de la Unión Europea. Y, de los casi 202 millones de hogares europeos, apenas el 23,6 % tiene niños.

Las explicaciones habituales son conocidas y tienen fundamento: el precio de la vivienda, la precariedad laboral, los salarios, las dificultades para conciliar la vida profesional y familiar y una estabilidad económica que llega cada vez más tarde. Todo eso existe, todo eso pesa y sería absurdo ignorarlo. Pero quizás explique solamente una parte del fenómeno.

Porque detrás de la crisis demográfica puede existir también algo mucho más profundo: una transformación de nuestra manera de entender la vida, la libertad, el compromiso y, sobre todo, el futuro.

El mundo  protagoniza una gran paradoja . Nunca hemos vivido tanto y nunca hemos tenido tan pocos hijos. La esperanza de vida alcanzó los 81,5 años en 2024. La ciencia, la medicina y la tecnología consiguieron prolongar nuestra existencia como ninguna generación anterior hubiera podido imaginar. Vivimos más. La pregunta inevitable es para qué y, especialmente, qué dejamos después de nosotros.

Durante siglos, tener hijos formaba parte casi naturalmente del ciclo de la existencia. Hoy es una elección. Y está bien que así sea. Nadie debería ser padre o madre por una imposición social, religiosa, familiar o estatal. La libertad de elegir constituye una de las grandes conquistas de nuestra época. Pero precisamente porque hoy podemos elegir como nunca antes, pero qué estamos eligiendo y qué estamos dejando de elegir.

Nuestra sociedad convirtió la autonomía personal en uno de sus valores centrales. Nos realizamos profesionalmente, viajamos, buscamos experiencias, defendemos nuestra independencia, administramos nuestro tiempo, cuidamos nuestro bienestar y tratamos de evitar todo aquello que pueda limitar nuestra libertad. Hemos construido buena parte de nuestra idea contemporánea de felicidad alrededor de la posibilidad de decidir qué queremos hacer, cuándo queremos hacerlo y durante cuánto tiempo.

Un hijo irrumpe en esa lógica. Altera horarios, modifica prioridades, cuesta dinero, condiciona viajes, interrumpe el sueño y obliga a reorganizar una parte importante de nuestra existencia. Pero hace algo todavía más profundo: nos obliga a dejar de ser el centro absoluto de nuestra propia vida.

Quizás una parte de la discusión sobre la natalidad esté precisamente allí, en algo que podríamos llamar la derrota del yo. No como una derrota negativa, sino como la posibilidad de descubrir que existe una dimensión de la vida que comienza justamente cuando dejamos de vivir exclusivamente para nosotros mismos.

Aristóteles comprendió hace más de dos mil años que el ser humano, consciente de su propia mortalidad, buscaba alguna forma de participar de aquello que continuaría después de él. Cambiaron las sociedades, las familias y nuestras formas de entender la existencia, pero trascenderemos  el breve tiempo que nos toca vivir?

Podemos hacerlo mediante una obra, una empresa, una creación artística, una investigación, una idea, una enseñanza o aquello que aportamos a nuestra comunidad. Y también mediante nuestros hijos. No porque sean una reproducción de nosotros mismos ,todo padre descubre muy pronto que no lo son, sino porque criar significa entregar a otra generación una parte de aquello que recibimos y, si hacemos bien las cosas, algo mejor de lo que nosotros mismos fuimos capaces de construir.

Gabriel Marcel entendía la paternidad mucho más allá de la biología: como compromiso, presencia y fidelidad hacia el futuro. Y allí aparece una palabra que nuestra época parece haber dejado fuera de moda: sacrificio. No entendido como sufrimiento permanente, sino en su sentido más humano: aceptar que algo o alguien puede llegar a ser más importante que nuestra comodidad inmediata.

Sería injusto y superficial reducir semejante transformación demográfica a decir que “los jóvenes son egoístas”. Hay quienes quieren tener hijos y no pueden, quienes no encuentran con quién construir una familia, quienes retrasan esa decisión porque no pueden acceder a una vivienda o porque su situación económica se lo impide, y también quienes, legítimamente, deciden no ser padres.

Por eso importa la economía, importa la vivienda, importan los salarios, importa la estabilidad y son fundamentales las políticas familiares. Pero la cultura también importa. Importa aquello que una sociedad admira, aquello que considera éxito, aquello que está dispuesta a postergar y aquello por lo que considera que merece la pena comprometerse.

El mundo entero  tendrá inevitablemente que afrontar las consecuencias de su invierno demográfico. Deberemos  preguntarnos quién financiará las pensiones, quién sostendrá los sistemas sanitarios, Las escuelas , cómo funcionará una economía con cada vez menos jóvenes y cuánto dependerá de la inmigración para compensar su desequilibrio poblacional.¿qué clase de sociedad estamos construyendo si cada generación es considerablemente más pequeña que la anterior?

Una sociedad puede ser rica, tecnológica, libre y extraordinariamente avanzada y, al mismo tiempo, perder lentamente la confianza en su propio futuro.

Vivimos más, viajamos más, conocemos más lugares, tenemos más opciones y disfrutamos de una autonomía que nuestros abuelos difícilmente hubieran imaginado. Todo eso representa una conquista formidable que nadie debería despreciar. Pero quizás, mientras conquistábamos el derecho a vivir cada vez más para nosotros mismos, fuimos olvidando que una parte esencial de la condición humana siempre estuvo relacionada con la posibilidad de trascendernos.

Al final, las estadísticas de natalidad hablan de economía, pero también hablan de nosotros. Hablan de nuestros miedos, nuestras prioridades, nuestra idea de felicidad y de cuánto futuro estamos dispuestos a imaginar.

Cuando ya no estemos, ¿qué parte de nosotros habrá quedado caminando por el mundo? Tener un hijo no es solamente traer una nueva vida al mundo. Es aceptar que, desde ese momento, alguien importa incluso más que nosotros mismos. Y quizás allí resida una de las mayores bendiciones que puede experimentar un ser humano: descubrir que nuestra vida puede trascendernos y seguir teniendo sentido mucho después de que nosotros ya no estemos.

 

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