Mucho aprobado, poco aprendizaje

Andrés Lasaga

Los resultados del último informe PISA deberían provocar algo más que unas cuantas declaraciones de preocupación y la habitual sucesión de reproches políticos. España vuelve a retroceder y Balears ofrece una fotografía todavía más inquietante: 441 puntos en comprensión lectora y 449 en matemáticas, diez y ocho puntos, respectivamente, por debajo de la media española. Respecto a 2022, las Islas pierden 31 puntos en lectura y 22 en matemáticas. No estamos ante una pequeña oscilación estadística. Estamos ante otra señal de alarma de un sistema educativo que lleva demasiado tiempo rebajando sus expectativas.

Y, en realidad, los resultados no deberían sorprender a nadie.

Durante años hemos ido desterrando de las aulas conceptos que parecían fundamentales: esfuerzo, exigencia, disciplina, responsabilidad, autoridad o mérito. Hemos confundido igualdad de oportunidades con igualar los resultados y, demasiadas veces, hemos optado por bajar el listón antes que ayudar a los alumnos a superarlo. Aprobar parece haberse convertido en un objetivo más importante que aprender y evitar la frustración, en una prioridad superior a enseñar a superarla.

Una sociedad que transmite a sus jóvenes que casi todo debe resultar fácil e inmediato difícilmente puede sorprenderse después cuando aparecen problemas de comprensión lectora, razonamiento o concentración.

Menos pantallas y más libros

A ese problema se ha añadido una revolución tecnológica que padres, administraciones y centros educativos no siempre hemos sabido gestionar. Móviles, tabletas, redes sociales, vídeos de pocos segundos y estímulos permanentes han entrado en la vida de niños y adolescentes a una velocidad extraordinaria. Durante años aceptamos que era inevitable porque había que «adaptarse a los nuevos tiempos» y porque impedir el acceso podía significar dejar a nuestros hijos al margen.

Ahora empezamos a preguntarnos por el precio.

La propia OCDE constata que la distracción digital constituye un problema real en las aulas. Sus estudios muestran que alrededor de tres de cada diez estudiantes declaran distracciones frecuentes por dispositivos digitales durante las clases y que un uso moderado y específicamente educativo de la tecnología puede resultar positivo, mientras que el uso recreativo y la exposición excesiva presentan asociaciones negativas con el rendimiento. No se trata, por tanto, de demonizar la tecnología, sino de recuperar el sentido común: la tableta no puede sustituir sistemáticamente al libro, ni Google al conocimiento, ni una pantalla a la capacidad de leer durante media hora sin interrupciones.

Quizá hemos descubierto demasiado tarde que modernizar la enseñanza no consistía simplemente en digitalizarla.

Recuperar la exigencia

Pero las pantallas no explican todo. También hemos convertido la educación en otro campo de batalla ideológico. Las sucesivas leyes educativas han cambiado metodologías, currículos, criterios de evaluación y terminología al ritmo de las mayorías parlamentarias. Mientras discutíamos sobre modelos pedagógicos y conceptos políticos, algo mucho más elemental quedaba relegado: que un alumno termine la enseñanza obligatoria sabiendo leer y comprender un texto complejo, expresarse correctamente y resolver un problema matemático.

La escuela debe formar ciudadanos libres y críticos, pero precisamente para conseguirlo necesita transmitir conocimientos. Sin conocimiento no existe pensamiento crítico, por mucho que repitamos la expresión.

Balears añade además dificultades propias. El 19 % de su alumnado es extranjero, el porcentaje más elevado de España. Es una realidad que exige más recursos, atención individualizada y políticas eficaces de integración educativa, especialmente cuando existen alumnos que llegan al sistema con diferentes niveles académicos o lingüísticos. Convertir esa diversidad en una oportunidad requiere medios; ignorar sus dificultades tampoco ayuda a nadie.

Y tenemos además un debate lingüístico que permanece enquistado desde hace décadas. Un modelo educativo debe evaluarse también por sus resultados y estar dispuesto a corregirse cuando no funciona. La lengua no debería convertirse en una trinchera política ni situarse por encima del objetivo fundamental de cualquier sistema educativo: que los alumnos aprendan y dominen las competencias necesarias para desenvolverse en la vida.

PISA no puede explicar por sí solo todos los problemas de nuestra educación ni permite atribuir el retroceso a una única causa. Pero sí coloca delante del espejo unos resultados que resulta difícil ignorar.

La solución seguramente será menos sofisticada de lo que algunos pretenden. Recuperar la lectura, el papel, la concentración, la autoridad del profesor, el respeto en el aula, la memoria cuando sea necesaria, el esfuerzo, los conocimientos y una exigencia académica razonable. Y utilizar la tecnología cuando aporte algo, no simplemente porque exista.

Porque igualar por abajo puede resultar cómodo durante unos años. El problema llega cuando esos alumnos salen de las aulas y descubren que la vida, la universidad y el mercado laboral no han rebajado el listón con ellos.

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