Cómo salir del aeropuerto de Palma sin comprar un perfume ni perder la fe

Trinchera Redaccion

El aeropuerto de Palma ya no es exactamente un aeropuerto. Es una experiencia inmersiva. Una aventura arquitectónica. Un centro comercial con aviones en los bordes. Y, si uno tiene suerte, también un lugar desde el que puede regresar a casa.

Hubo un tiempo en que la secuencia era sencilla: aterrizar, recoger la maleta, salir. Un procedimiento casi insultantemente directo. En Son Sant Joan, sin embargo, se ha entendido que el viajero moderno merece algo más. Merece caminar. Merece contemplar. Merece subir una planta, bajar otra y atravesar una zona comercial con la paciencia de quien cruza el desierto, solo que con Toblerones gigantes, maletas de cabina que prometen cambiarte la vida y estanterías enteras de cremas cuyo principal ingrediente parece ser la culpa de no haberse cuidado más.

La reforma del aeropuerto, iniciada en 2022 y prevista para concluir a finales de este año, ha dotado a la terminal de nuevos espacios, pasarelas, comercios y una capacidad notable para que el pasajero se pregunte, a los doce minutos de trayecto, si ha tomado una salida equivocada o si sencillamente ha empezado una nueva vida dentro del edificio.

La gran aportación al progreso es el Duty Free. No un Duty Free cualquiera: uno de esos lugares tan extensos y luminosos que ya no se atraviesan, se peregrinan. La salida está allí, claro. Siempre está allí. Pero antes hay que demostrar que uno es lo bastante fuerte como para resistirse a tres botellas de ginebra, una crema antiarrugas y un surtido de chocolates que pesa más que el equipaje de cabina.

Se ha dicho que algunos recorridos obligan a subir y bajar una planta para pasar por el área comercial. Hay quien lo interpreta como una incomodidad. Error. Es cultura física. Es movilidad activa. Es una manera de que el viajero llegue a la puerta de embarque con la circulación activada y la tarjeta bancaria convenientemente fatigada.

El problema es que Palma recibe millones de pasajeros, pero el aeropuerto parece empeñado en que cada uno de ellos tenga una vivencia íntima, única y ligeramente desorientadora. Una especie de escape room mediterránea: encuentra tu puerta, identifica tu módulo, calcula si da tiempo a un café y evita caer, por puro agotamiento, en la compra de un perfume cuyo precio equivale a media revisión del coche.

Tal vez esta sea la gran innovación: Son Sant Joan ya no mide distancias en metros, sino en decisiones de consumo. No estás lejos de tu vuelo. Estás a dos escaparates de distancia.

Y cuando por fin llegas a la puerta, sudado, confuso y con la sensación de haber atravesado un país pequeño, miras el avión y entiendes que el viaje no empieza al despegar.

Empieza cuando intentas salir del aeropuerto.

 

 

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