Dos euros por litro de libertad

Trinchera Redaccion

Los mallorquines hemos tenido siempre una relación muy particular con el coche. Para nosotros no es solo un medio de transporte. Es una declaración de principios. Una prolongación de la casa. Un lugar donde pensamos, discutimos, escuchamos la radio y, en casos de necesidad, guardamos una bolsa de Quelys y una sombrilla desde 1994.

Cogemos el coche para ir a trabajar, naturalmente. Pero también para comprar el pan, llevar una cosa a ca mumare, recoger un paquete, ir hasta la otra punta del pueblo y, si nos vemos con ánimo aventurero, para ir a tomar un café a un sitio que está a nueve minutos andando.

No es pereza. Es libertad.

Por eso el precio actual de la gasolina y, sobre todo, del diésel nos ha tocado en un lugar sensible: el depósito. Hubo un tiempo en que tener un coche diésel era una decisión adulta, responsable y casi financiera. El diésel gastaba menos, costaba menos y permitía mirar con cierta superioridad moral a quien repostaba gasolina. “Yo hago muchos kilómetros”, decíamos, aunque aquellos kilómetros consistieran en ir de Establiments a Palma y volver.

Ahora uno llega a la gasolinera, mira el surtidor y siente que ha entrado por error en una joyería. Dos euros el litro. Dos euros. Es decir: que llenar el depósito empieza a parecerse peligrosamente a comprar un pequeño electrodoméstico.

Especialmente si nos toca la Vía de Cintura. Porque no hay nada como avanzar a siete kilómetros por hora, rodeados de coches idénticamente desesperados, para ver cómo el diésel caro se transforma en una inversión inmovilizada. Antes el atasco era una pérdida de tiempo. Ahora es también una pérdida de dinero, pero sin que nadie nos dé ni una triste participación en la empresa.

Nos hemos acostumbrado tanto a que el coche esté disponible que nos cuesta aceptar que cada desplazamiento tenga ya consecuencias económicas. Antes, cuando alguien proponía ir a comer a un sitio de la otra punta de la isla, preguntábamos qué tal estaba el restaurante. Ahora preguntamos si incluye el combustible en el precio del menú.

El diésel, que durante años fue el amigo prudente y barato de las familias mallorquinas y nos prometió ahorro, nos ha dejado calculando cuántas veces podemos arrancar el coche antes de tener que pedir una hipoteca puente.

La teoría dice que quizá debemos pasarnos al eléctrico, usar más el transporte público, compartir trayectos o recuperar la noble costumbre de caminar. Todo soluciones estupendas para quien tenga tiempo, un cargador en el garaje, una parada de bus a mano y la tranquila seguridad de que hoy no tendrá que llevar una caja, recoger a nadie ni volver con tres bolsas del supermercado y una garrafa de butano.

Así que nos estamos preparando para el futuro. Un futuro sostenible, silencioso y con mucha fibra. Volveremos a los carros. No por tradición ni por amor a las fiestas de Sant Sebastià. Volveremos porque, al precio que va el diésel, un caballo empieza a parecer una inversión conservadora.

Eso sí: habrá que preguntarle cuánto consume. Porque como sea de avena premium, no salimos de esta.

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