Mientras Mallorca y Baleares discuten permanentemente sobre el turismo, el número de visitantes, los coches que entran en la isla, las plazas hoteleras, el aeropuerto y la saturación, quizás estemos dejando en segundo plano un problema mucho más profundo. Tenemos turistas, inversiones y trabajo, pero empiezan a faltarnos trabajadores y, especialmente, jóvenes capaces de imaginar aquí su futuro dentro de una economía productiva que necesita cada vez más recursos humanos.
No es solamente un problema de hoteles, bares y restaurantes. Basta hablar con empresarios y profesionales de distintos sectores para comprobar las dificultades para conseguir personal. Empresas de alquiler de coches, servicios aeroportuarios, handling, supermercados, hoteles, restaurantes, socorristas, entrenadores, enfermeros, médicos, odontólogos y profesionales cualificados buscan trabajadores permanentemente.
El sector HORECA es quizás la cara más visible, 117.600 ocupados en hostelería (HORECA) en Baleares en 2024, según la EPA, y 118.502 afiliados a la Seguridad Social. Esto supondría aproximadamente el 19,4 % de todos los ocupados de Baleares: uno de cada cinco trabajadores , una gigantesca infraestructura humana. Alguien recibe al turista, descarga sus maletas, limpia su habitación, cocina, conduce, mantiene el hotel, vigila una playa o atiende una emergencia. Todos necesitan trabajar y todos necesitan un lugar donde vivir.
Hoy una empresa puede encontrar una persona dispuesta a aceptar un empleo en Mallorca y el verdadero problema comienza cinco minutos después, cuando ese trabajador abre Idealista y busca dónde vivir. Ahí aparecen alquileres imposibles, habitaciones a precios desproporcionados, pisos compartidos y trabajadores temporales que terminan viviendo en caravanas o en soluciones habitacionales difícilmente compatibles con una vida digna.
Necesitamos trabajadores, pero les hacemos cada vez más difícil vivir aquí.
Y mientras buscamos trabajadores fuera aparece otro fenómeno mucho más silencioso: nuestros propios jóvenes empiezan a mirar hacia la Península.
Asturias y Galicia aparecen cada vez más en las conversaciones familiares. Casi todos conocemos a alguien que está mirando, preguntando o explorando otras posibilidades. Un hijo, un sobrino, una pareja joven, un amigo. Entran en los portales inmobiliarios, comparan precios y empiezan a hacer números. Descubren lo que cuesta una vivienda allí y lo comparan con lo que pueden comprar por el mismo dinero en Mallorca. Y las diferencias resultan difíciles de ignorar.
Después descubren el coste de vida, los mercados, los restaurantes y la posibilidad de comer bien sin que cada salida se transforme en un lujo. Al principio lamentan el sol. Después descubren los bosques, las montañas, los ríos, la vegetación y otra manera de vivir. Y algunos empiezan a enamorarse del verde.
No estamos hablando necesariamente de un éxodo juvenil. Para afirmarlo necesitaríamos estadísticas que lo demostraran. Estamos hablando de algo anterior y que merece atención: marcharse empieza a instalarse como una alternativa razonable en la cabeza de muchos jóvenes.
Porque cuando una persona tiene 25, 30 o 35 años, las emociones inevitablemente terminan compitiendo con la calculadora. Puede amar Mallorca, tener aquí a sus padres, sus amigos, sus recuerdos, el mar y toda su historia. Pero también quiere independizarse, comprar una vivienda, formar una familia, ahorrar y comprobar que trabajar y progresar sirven para construir un futuro.
Ahí Mallorca empieza a competir con otros territorios españoles. Asturias y Galicia no compiten con nosotros por el sol ni por las playas. Compiten por el recurso humano joven y por la posibilidad de construir una vida.
Y mientras todo esto ocurre aparece un dato demográfico que merece atención. Los datos provisionales de 2026 sitúan a Mallorca en torno a los 978.465 habitantes, de los cuales 283.174, el 28,9 %, nacieron en el extranjero. Si miramos nacionalidad, el porcentaje es menor: unos 209.096 residentes, el 21,4 %, tienen nacionalidad extranjera, porque una parte de quienes nacieron fuera de España ya adquirió la nacionalidad española.
La evolución merece atención. En 2020 los nacidos en el extranjero eran 217.196, aproximadamente el 23,8 % de la población de Mallorca; en 2023 eran 244.572, el 26 %, y a comienzos de 2026 rondan el 28,9 %. (Institut d’Estadística de les Illes Balears)
Son cifras que reflejan una transformación demográfica rápida y que debemos analizar sin prejuicios.
Esto no es bueno ni malo por sí mismo. Mallorca siempre fue una tierra abierta, receptora de personas, culturas, inversiones y trabajadores. Buena parte de su prosperidad también fue construida por quienes llegaron desde fuera, trabajaron, formaron familias y terminaron haciendo de esta isla su casa.
El problema no es quién llega. El problema empieza cuando quienes nacieron aquí sienten que no pueden quedarse.
Durante años pensamos que el desafío era atraer trabajadores a Mallorca. Ahora podemos encontrarnos ante una paradoja bastante más compleja: necesitamos que vengan trabajadores mientras algunos de nuestros propios jóvenes empiezan a pensar en marcharse.
Hablamos permanentemente del turismo como si el gran límite de Mallorca fuera exclusivamente físico: carreteras, playas, coches, aeropuerto, agua y territorio. Pero existe otro límite: el límite humano.
Una economía no funciona solamente con hoteles, aviones, restaurantes, inversiones y millones de turistas. Funciona con personas. Y esas personas necesitan salarios razonables, servicios y, fundamentalmente, vivienda.
Por eso deberíamos dejar de considerar la vivienda únicamente como un problema inmobiliario. La vivienda se ha convertido en infraestructura económica, tan necesaria para Mallorca como una carretera, un puerto o un aeropuerto. Si queremos personal técnico y profesional cualificado, necesitamos vivienda. Y si queremos que nuestros jóvenes se queden, necesitamos que puedan imaginar que algún día podrán tener una.
Mallorca puede seguir batiendo récords turísticos, recibir millones de pasajeros, tener hoteles extraordinarios, restaurantes llenos y playas maravillosas. Pero no podemos convertirla en una isla extraordinariamente atractiva para quien viene siete días de vacaciones y cada vez más difícil para quien pretende quedarse los próximos cuarenta años.
Mientras seguimos contando turistas, quizás deberíamos empezar a mirar otros números: cuántos jóvenes se quedan, cuántos pueden independizarse, cuántos pueden comprar una vivienda y formar aquí una familia y cuántos empiezan a mirar hacia la Península.
Mallorca puede sobrevivir perfectamente a una temporada con menos turistas. Lo que difícilmente puede permitirse es construir una economía que necesite cada vez más trabajadores mientras pierde, por el coste de vivir aquí, a parte de la generación que debería construir su futuro.
Durante mucho tiempo pensamos que nuestros jóvenes nunca cambiarían el sol y el mar de Mallorca por otro lugar. Algunos ya están haciendo las cuentas. Otros están mirando casas.
Seguramente extrañarán el sol. Pero también pueden terminar enamorándose del verde.







