Europa se incomoda con la inmigración. Molesta, preocupa y la discute. Habla de fronteras como si fueran murallas morales, de identidad como si hablaramos de algo estático, casi como un “problema”. Pero hay hechos que no aparecen en ese debate: la memoria.
Europa no es ajena a la migración. Es producto de la migración. Durante siglos no recibió gente: la envió. Y no en pequeñas cantidades, sino en oleadas que cambiaron el mundo, muchas veces porque no podía garantizar siquiera las condiciones básicas de subsistencia para su propia población. El descubrimiento de América no fue solo un hecho geográfico: fue el inicio de una migración masiva europea que no pedía permiso, no completaba formularios y no discutía cupos. Iban los que podían pagar el viaje, sí, pero también los que buscaban escapar, y algunos pocos a buscar riqueza.
Junto con ellos, no hay que olvidar lo doloroso de la migración forzada. Un sistema organizado, financiado y sostenido durante siglos. La trata transatlántica de esclavos. Millones de africanos fueron capturados, vendidos, encadenados, trasladados a la costa y embarcados hacia América en condiciones inhumanas. Los que sobrevivían no “llegaban”: eran entregados. Vendidos como propiedad, sin derechos, sin identidad, sin posibilidad de retorno. No era migración en el sentido moderno. Europa no solo migró: organizó un sistema global de movilidad donde muchos no elegían moverse.
Y mientras eso ocurría, los territorios que recibían esos flujos no discutían “capacidad de integración”. La violencia, las enfermedades, la explotación y el saqueo fueron, muchas veces, lo que llegó de Europa. Con el tiempo, la riqueza volvió al viejo continente . por eso parte del desarrollo europeo se construyó sobre ese movimiento migratorio .
Hoy Europa discute eso mismo. Recibe migrantes y reacciona como si fuera un fenómeno nuevo, como si no tuviera antecedentes, como si fuera una anomalía. Se habla de control, de seguridad, de límites. Aparecen visados, cuotas, barreras. Todo lo que antes no existía. Los migrantes ya no son valorados como antes. Aunque hoy tienen más formación que en el pasado, su posición relativa en el mercado laboral es peor: ganan menos, acceden menos, pesan más en el discurso político que en la economía real. Se los percibe más de lo que impactan. Pero, en el fondo, nadie puede negar que siguen siendo clave. Las remesas que envían superan el billón de dólares anual, sostienen economías enteras y generan vínculos, conocimiento y circulación.
La migración no desapareció. Cambió la narrativa. Y ahí está el punto. Europa no está discutiendo solo inmigración: está discutiendo identidad, poder y control. Quién entra, quién pertenece, quién define las reglas. Que Europa quiera ordenar la migración es lógico. Lo que no debería olvidar es que, durante siglos, fue exactamente lo contrario: una máquina de emigrar sin pedir permiso.
La historia de la migración no es limpia. Nunca lo fue. Tiene progreso, pero también violencia; tiene cooperación, pero también imposición. Pero negarla no la borra. Europa puede regular, puede limitar, puede decidir. Lo que no puede es fingir que esto empezó ahora. Porque cuando la memoria se vuelve selectiva, la política se vuelve incoherente. Y en ese punto, el problema ya no es la inmigración. Es la honestidad.
Y hay un dato finalque debemos recordar , muchos de esos migrantes europeos fueron recibidos, cobijados y terminaron siendo exitosos en América. Hoy sus apellidos dominan el mapa social del continente. Apellidos que llegaron desde España, Italia, Alemania, Francia o Portugal y que hoy parecen propios, pero son huella de aquel movimiento: García, Fernández, González, Rodríguez, López, Martínez, Pérez, Sánchez; Rossi, Russo, Ferrari, Bianchi, Romano, Colombo, Ricci, Marino, Greco; Müller, Schmidt, Schneider, Fischer, Weber, Meyer, Wagner, Becker, Hoffmann, Klein; Martin, Bernard, Dubois, Thomas, Robert, Richard, Durand, Moreau; Santos, Oliveira, Souza o Sousa, Pereira, Costa, Rodrigues.
América no solo recibió personas.
Recibió apellidos.
Y, con ellos, historia.
Por eso, cuando Europa hoy discute quién entra, tal vez debería recordar algo más simple: durante siglos, también fue recibida.





